9 de feb. de 2011

secretos del vaticano

Considerado el país más pequeño del mundo –que no el más pobre–, sus 0,44 km2 de superficie total albergan más de un secreto inconfensable. ¿Qué ocultan sus archivos secretos? ¿Qué hay en “Tierra de nadie”, la ciudad subterránea? Allá vamos…
 Se ha ganado su fama a pulso. Aparte de sus archivos, son varios los secretos que rodean al
Vaticano. La muerte del papa Luciani –Juan Pablo I– quedó envuelta en el misterio cuando no se le practicó la autopsia y hay quien la relaciona con el gran escándalo que sacudió a la Iglesia a principios de los años 80: la quiebra del Banco Ambrosiano, la polémica de las finanzas vaticanas y la logia masónica P-2. A ellos hay que sumar el asesinato del jefe de la Guardia Suiza en 1998. Tras la muerte de Juan Pablo II, el Vaticano comenzó de nuevo a ser el objetivo de los periodistas sensacionalistas, al generarse todo tipo de datos y rumores en los momentos más cruciales, como aquel que decía que la tumba del papa Silvestre II rezumaba un extraño líquido previo a la muerte del pontífice. Una superstición falsa, como tantas otras, pero que sirvió para que la Santa Sede, una vez más, estuviese en el candelero de los chascarrillos. ¿Son secretos los archivos del Vaticano? El nombre de Archivos Secretos del Vaticano y el hecho de que hayan sido prácticamente inaccesibles para periodistas y fotógrafos hasta hace poco tiempo, ha impregnado muchos de sus recintos de una atmósfera de misterio que ha excitado la curiosidad y alentado la especulación. La existencia de una Riserva, antiguamente llamada la “sección cerrada”, puede haber contribuido a esta idea de secretismo, ya que contiene libros y documentos que pueden ser examinados únicamente con el permiso del prefecto. Hoy sabemos que es un depósito de material histórico valioso, que contiene por ejemplo las actas del juicio de Galileo y el Tratado de Paz de Tolentino entre la Santa Sede y Napoleón. Los Archivos Secretos y la Biblioteca Vaticana son instituciones separadas. Los archivos son los documentos de trabajo de la curia: correspondencia referente a asuntos diplomáticos y a la vida interior de la Iglesia. En cambio, la Biblioteca Vaticana, ubicada en el Cortile del Belvedere del Vaticano, es una colección de trabajos individuales, como las demás bibliotecas, y su contenido de más de un millón y medio de ejemplares se centra en temas religiosos –entre ellos está el Codex Vaticanus, el manuscrito más importante del Nuevo Testamento que data del siglo IV–, filosofía, historia del arte, etc. Siempre se ha dicho que las tres bibliotecas que contienen los mejores manuscritos de ciencias ocultas son la de El Escorial, la de la Soborna y la del Vaticano, por no hablar de temas referentes al sexo… Uno de los rumores más insistentes sobre su contenido es la mención de una colección de “repugnantes y lascivos” documentos que harían sonrojar hasta a un cardenal rijoso, del estilo de los que hay en L’Enfer –El Infierno– de la Biblioteca Nacional de París o en la Private Case del British Museum. Por cierto, a partir del 15 de julio de 2007 la Biblioteca Vaticana cerró sus puertas para reformar el edificio y organizar e informatizar todo ese ingente material. Calculan que tardarán tres años como mínimo para que podamos ver por Internet una Biblia hebraica comentada en arameo de 63 kg, o manuscritos de Leonardo da Vinci, Erasmo y Napoleón. Informatizando el pasado Y es que las nuevas tecnologías han llamado por fin a las puertas de la Iglesia. Desde hace unos diez años existe un sitio web que remite a la página oficial del Vaticano: http://www.vatican.va accesible en seis idiomas, incluido el español. La digitalización primero de las obras de arte de los Museos Vaticanos y luego de su biblioteca, intenta matar dos pájaros de un tiro: extiende la difusión cultural de sus tesoros a todo el mundo, y los preserva del paso del tiempo. Ayudado por la empresa Hewlett-Packard, está digitalizando los archivos y tan sólo la biblioteca da vértigo: más de 150.000 manuscritos en todo tipo de soportes –papel, papiro, pergamino…–, 8.300 incunables de los 10.000 que existen en todo el mundo –de los cuales 65 son de pergamino–, 1.600.000 volúmenes impresos –antiguos y modernos–, 100.000 impresiones sueltas y 300.000 medallas y monedas. En otras palabras, una biblioteca con 85 km de estanterías entre salones, pasillos, armarios y librerías que contienen la mayor parte de los documentos oficiales de la Santa Sede desde 1198 y un archivo secreto con 40 km de estanterías subterráneas. Dos auténticas máquinas del tiempo. Poco a poco van saliendo a la luz documentos esenciales para la historia del cristianismo y de la humanidad en general. Denominarlos “Archivos Secretos” empieza a ser un eufemismo, pues desde enero de 2006 pueden hojearse algunos de ellos en la citada página web. En una de sus secciones se puede ir a la información de su Biblioteca Apostólica Vaticana y en otra al Archivo Secreto donde se habla de sus orígenes, de su historia y hasta de su contenido. ¿De todo su contenido? Ahí está la clave y diríamos que su auténtico secreto… No son todos los que están, es evidente, pero los que están, calificados como “documentos de la historia”, son verdaderas “joyas”: el pergamino de absolución del papa Clemente a los superiores de los templarios de 1308, la carta autógrafa de Miguel Ángel Buonarroti al obispo de Cesena de enero de 1550, las actas del proceso contra Galileo Galilei desde 1616 a 1633, la carta consistorial de Urbano VIII relativa a la canonización de Francisco Javier del 6 de agosto de 1623 o la bula Exsurge Domine de León X amenazando con la excomunión a Martín Lutero el 15 de junio de 1520. En el Vaticano aseguran que ya no se usa el calificativo de “secreto”, sino que prefieren usar la expresión “Archivo Central”. Aún así, su consulta no estará abierta a todo el mundo, ya que sólo tendrán acceso al grueso de la documentación, como hasta ahora, los investigadores. Un comentario recurrente es que en sus sótanos se guardan miles de reliquias y de documentos comprometedores sobre la Iglesia católica desde hace siglos cuyo contenido es top secret o, en el mejor de los casos, sólo se han dado a conocer con cuentagotas, reservándose lo más trascendente. ¿Será cierto? Sólo hay que fijarse en las reticencias para dar a conocer el tercer secreto de Fátima o el casual hallazgo del acta exculpatoria de los templarios, por poner tan sólo dos ejemplos, para darnos cuenta de que lo que va saliendo a la luz es la punta del iceberg de los más de 40 km de estanterías repletas de textos que representan 800 años de historia. En la búsqueda se halla el tesoro Sus archivos fueron un lugar rigurosamente prohibido durante mucho tiempo. Muy pocos han publicado libros desvelando en parte lo que pudieron ver, como el caso de la historiadora María Luisa Ambrosini. Fruto de dos años de trabajo fue su libro Los Archivos Secretos del Vaticano –del que fue coautora Mary Willis–, que en España se publicó en 1973 por la editorial Iberia. Aclara que estos archivos no son simplemente un almacén de crónicas del pasado sino un órgano activo de la Iglesia que trata todo lo que concierne a la humanidad, tanto si es arte, ciencia, teología o política. Además de los principales grupos –los fondi– que son los pilares de los archivos, existen miles y miles de pequeños documentos que dicen más sobre la vida de los hombres en el pasado que lo expuesto en la documentación oficial. Pero buscar el dato preciso no es tarea fácil. “Suponga, por ejemplo –nos dice Ambrosini– que usted está buscando información sobre la causa de los templarios. Algunos documentos pueden encontrarse en los registros de Clemente V, otros en los pocos informes dispersos del Concilio de Viena, algunos en la Miscelánea, algunos en los archivos del Castel Sant’Angelo…”. Un dato revelador nos lo proporciona la misma María Luisa Ambrosini cuando escribe: “Saliendo de la Sala del Meridiano, en la Torre de los Vientos, vi una habitación pequeña, cuadrada, donde en una sola estantería había nueve mil paquetes de documentos inexplorados. Los paquetes no eran grandes –aproximadamente del tamaño de una revista pequeña–. Se me dijo que para inventariar –no estudiar, sino simplemente inventariar en orden cronológico– un paquete, dos expertos necesitarían una semana de trabajo constante. Para hacer los nueve mil paquetes de esta estantería, necesitarían ciento ochenta años”. Vamos, que a ese ritmo ni nuestros nietos podrán ver su contenido… Para que se hagan una idea, una persona puede catalogar bien unos diez códices al año y eso implica leerlos, verificarlos y sistematizar su contenido. Y hay unos 15.000 códices… Otra pregunta lógica sería la siguiente: ¿todo lo que se investiga se publica? Cuando el historiador Pastor, autor de Historia de la Iglesia, descubrió un grupo de cartas personales del papa Alejandro Borgia, incluyendo cartas de las mujeres que le rodeaban –sus hijas Lucrecia, Julia Farnesio y su amante favorita Vanozza Catanei–, hubo un monseñor del Vaticano que le ayudó a traducirlas. En una de las cartas, Julia Farnesio escribe de esta manera al Papa: “Beso los deseados pies, porque donde está mi tesoro está también mi corazón”, y Alejandro la solía llamar “Julia ingrata y pérfida”. El Vaticano permitió su publicación y que se imprimiera la firma del papa Borgia en facsímil. Vistas así las cosas, si la Santa Sede ha dejado que se publiquen estas páginas oscuras de la historia de la Iglesia ¿por qué se llaman “secretos” los archivos? Ya se lo pueden imaginar… Ni ellos mismos saben lo que tienen. Oficialmente, los archivos fueron abiertos al público en 1881 por el papa León XIII para convertirse “en uno de los centros de investigaciones históricas más importantes del mundo”, bajo esta consigna: “La Iglesia no necesita sino la verdad”. Una verdad a medias, porque se ha ido desclasificando en pequeñas dosis. No todos los cardenales y obispos están de acuerdo en dar a conocer la verdad sobre su pasado escabroso. Pongamos el ejemplo del historiador Mazzuchelli, que trabajó en los archivos del arzobispado de Milán con un permiso especial del cardenal Montini –más tarde Pablo VI–, y encontró en un arca las actas originales del juicio de la monja de Monza. Cuando los publicó, dando los más íntimos detalles de la vida de las monjas del convento de Monza, fue como una bomba y Mazzuchelli fue atacado con saña por la prensa más conservadora por dar a conocer aquellos datos. La regla de los cien años Pero el nombre de Archivos Secretos no es sólo un eco del pasado, aún contiene fuertes elementos de secreto bajo la “regla de los cien años”, que hace inaccesibles la mayoría de los documentos del siglo XX. Este largo límite temporal no lo tienen los Archivos Estatales de Roma, que están cerrados a los últimos 30 o 50 años. Sorprendentemente, el 15 de febrero de 2003 el Vaticano abrió parcialmente sus archivos secretos de la época previa a la Segunda Guerra Mundial. Eran 640 documentos disponibles para aquellos investigadores que elevasen una petición oficial, y que cubren el período 1922-1939. Se trata de una excepción que vulnera la regla de los cien años, con la idea de limpiar el nombre del Papa Pío XII, acusado por organizaciones judías de haber hecho muy poco para denunciar el Holocausto. Durante los años previos a la guerra, quien luego sería Pío XII era nuncio vaticano ante Berlín y su actuación no fue muy clara ni contundente contra los abusos del nazismo. La Santa Sede explica que su silencio se debió al temor de poner aún más en peligro la vida tanto de católicos como de judíos. El Vaticano aclara que muchos de los legajos del período 1931-1934 fueron “prácticamente destruidos o dispersados” durante los bombardeos aliados contra Berlín y por un trágico incendio. Entretanto, los documentos que abarcan el período 1939-1949 y que tratan sobre los prisioneros de guerra, saldrán del archivo en una segunda instancia. Revelaciones sorprendentes Acceder a los archivos siempre ha sido un privilegio. Cuando Ambrosini investigó y consultó los del Vaticano fue considerado un favor hacia ella, no un derecho. Un favor que dio sus resultados. Entre otras cosas, descubrió una referencia al “pleito de los Pinzón” contra la familia de Colón en 1515. En el curso de la investigación, el hijo de Martín Alonso Pinzón –capitán de La Pinta– juró que en una visita que su padre y él hicieron a Roma, su progenitor fue a ver a un amigo suyo, cosmógrafo de la Biblioteca Vaticana, y éste amigo le prestó un documento hebreo de la biblioteca papal, que decía que en tiempos de Salomón se suponía que la reina de Saba navegó del Mediterráneo al Atlántico y allí “noventa y cinco grados al oeste, por un paso fácil”, había encontrado una tierra llamada “Sypanso”, que Pinzón tomó por Japón, “fértil y abundante y cuya extensión sobrepasaba África y Europa”. Ambrosini reconoce que este documento tan importante, si existía, ha desaparecido. Y también descubrió los avvisi, una especie de gacetas de noticias curiosas que empezaron a aparecer en Italia a mediados del siglo XVI y que se refieren a las materias más dispares como el contenido del Índice de los Libros Prohibidos, la muerte de Ana Bolena o las huellas de pisadas de santo Tomás en la orilla de un río brasileño borradas a menudo por el agua, pero que siempre volvían a aparecer. También sobre prodigios celestiales como la aparición de tres soles en Milán en estos términos: “Hemos recibido noticias de Milán en las que se dice que en esta ciudad han aparecido tres soles prodigiosos, encadenados en tres círculos con miles de signos extraños”. Y casi siempre historias de interés humano y truculento. En uno de los avvisi, fechado en 1558, no sale demasiado bien parado el papa Paulo IV y nos da idea de sus caprichos tan poco divinos: “El lunes se celebró un consistorio. Su Santidad, para arreglar las habitaciones del Palacio a su propio gusto, ha decidido abrir la sala donde se aloja la Guardia Suiza, y también la de al lado, y hacer una puerta con una ventana en cada lado de la sala de Constantino. Las valiosas pinturas hechas por mano de Rafael y que representan a Constantino y Majencio, se perderán. En las habitaciones abiertas, el Papa planea hacer jardines colgantes. El cardenal Caraffa, hablando también en nombre de otros cardenales, trató de disuadir al Papa de su decisión, pero él se encolerizó terriblemente y gritaba que ellos, sus propios sobrinos, querían privarle de toda comodidad”. Sin comentarios. No es de extrañar, por tanto, que el anuncio de su muerte, al año siguiente, fuera recibido con algarabía en Roma. El escándalo de la Guardia Suiza Paulo IV hacía referencia a la Guardia suiza, un cuerpo militar encargado de la seguridad de la Ciudad del Vaticano fundada por el Papa Julio II en 1505, ante la necesidad de que existiera una guardia pretoriana dispuesta a proteger al Papa. En ese momento, fueron los mercenarios suizos los candidatos más propicios debido a la reputación que se habían ganado en las guerras de Borgoña. Desde entonces, este cuerpo ha variado enormemente en número y composición, e incluso se ha disuelto por completo en algunas ocasiones. Pero hacía siglos que no estaba en el punto de mira de la opinión pública hasta que en mayo de 1998 asesinaron al jefe de la Guardia suiza, Alois Estermann, de 44 años, y a su esposa venezolana Gladis, la noche del mismo día en que Estermann había sido ascendido. Acusaron del crimen al cabo Cedric Tornay, quien se había suicidado con la mismo arma de servicio con la que había matado al matrimonio. La Santa Sede archivó el caso con la certeza de que Estermann y su esposa habían sido víctimas de un ataque de locura del suboficial Tornay, resentido por sucesivas postergaciones de ascenso. La versión oficial sobre el asesinato del jefe de la Guardia suiza era perfecta… pero increíble. Quedaron cabos sueltos y muchos puntos oscuros. Tantos, que el escritor italiano Máximo Lacchei escribió un libro afirmando que el motivo del crimen fue que ambos hombres eran amantes, versión que no gustó mucho al Vaticano. La familia del soldado jamás creyó la versión oficial y siempre ha asegurado que fue asesinado. Sus intentos de presentar un recurso en el año 2002 chocaron con la negativa del Vaticano. Lo cierto es que un día antes del crimen, el cabo Cedric Tornay escribió una carta diciendo que quería “evitar otras injusticias”, según publicó el diario La Stampa. “Son ellos los que me obligaron a hacerlo”, señaló el cabo suizo en la carta de una sola página escrita en francés y dirigida a su madre, Muguette. Quiénes eran “ellos” supone un enigma más del Vaticano, y tal vez tengamos que esperar 100 años para averiguar toda la verdad y nada más que la verdad.
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